—Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de Lemos.
—Es verdad—dijo doña Catalina ya más repuesta.
—Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad de mis palabras. ¿No es verdad, señora?
—Sí, sí, don Francisco, es verdad—dijo la de Lemos, poniéndose ligeramente encarnada.
—¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble prima?
—No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo.
—Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en mí, vos también debéis confiar.
—¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?—dijo la abadesa.
—El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su enemigo.
—Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder.