—No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.
—Don Rodrigo es un miserable—dijo doña Catalina, que se acordaba de la insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la que hablamos al principio de este libro.
—Mi tío confiaba ciegamente en él.
—El duque de Lerma es muy confiado.
—Es, sin embargo, muy prudente.
—Pero don Rodrigo más falso.
—¿Qué decís?
—Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.
—¿Pero de quién se ayudaba ese hombre?
—¿De quién? del conde de Olivares.