—¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios; todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del rey.
—Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe.
—¿Qué queréis decir con eso?
—Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está próximo á ser rey.
Palideció la abadesa.
—¿Y serían capaces...?—dijo.
—Yo no he dicho tanto.
—Pero tendréis algunas pruebas...
—No las tengo, pero las he visto.
—Seguid, don Francisco; pero explicadme.