—Y yo también lo creo así—dijo—; en cuanto á lo de no ver libremente á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero prosigamos.
Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:
—«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse respetar!»
—Eso es una insolencia, señor—dijo la duquesa—: quien escribe esto á su rey, no puede ser más que un traidor.
—Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana.
—¡Señor!—exclamó toda turbada la duquesa.
—Vais á juzgar—dijo el rey continuando la lectura—: «pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor...»
—¡Oh, Dios mío!—exclamó la duquesa—: perdóneme vuestra majestad si le interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta entre el número de los traidores.
—¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.
—¡Un hecho!