—Pero don Francisco...
—¡Se conspira!
—¿Que se conspira?
—Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.
—Mi sobrino...
—¡Escondéos!
—¡Cómo!
Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.
Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.
—Habéis mentido en vano—dijo la condesa—; mi prima lo ha adivinado todo.