—¡Todo! pues mejor.
—Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa? cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué avergonzarse de amarle.
—Dios bendiga vuestra boca.
—Os espero.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
—¿Por dónde?
—Por el huerto.
—Larguísimo va á ser para mí el día.
—Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.