—Ahora las noches son largas.
—Pues hasta la noche; ¿á qué hora?
—A las ánimas.
—Pues hasta las ánimas.
—¡Hola!—dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta—; que acerquen la litera.
La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.
Quevedo estaba incómodo.
No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había hablado bajo.
—Salid—dijo á Montiño.
Montiño salió.