—Venid conmigo.
Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.
—Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.
—Señor Francisco Montiño—dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.
—¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy, señora mía.
Y se acercó al torno.
—La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.
—Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.
Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.
—Andad, que aquí os ospero—dijo Quevedo.