Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.
Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.
Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.
Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos, crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:
—¡Como la otra!
Y se lanzó en la calle.
Quevedo partió tras él y le asió por la capa.
—¡Ea, dejadme!—exclamó el cocinero mayor.
—¿Os olvidáis de que yo os esperaba?
—¡Como la otra!—repitió en acento ronco y cada vez más desencajado Montiño.