CAPÍTULO XXIII
EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE
Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban encendidas.
Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.
Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.
Montiño había guardado un profundo silencio.
Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.
Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor no estaba en el completo uso de sus facultades.
—¡Había de haber sido una monja!—dijo Quevedo cuando se certificó del estado mental de Francisco Montiño.
Un mozo entretanto trajo la empanada.