Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.
Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.
Bastó esto para que volviese de su fascinación.
—¿Qué es esto?—dijo—. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?
Y escupió el bocado.
—¡Ah, ah!—dijo Quevedo—, me había olvidado de que sois el rey de los cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el apetito que yo tengo para tragar este engrudo.
—¿Dónde me habéis traído?
—A la Hostería del Ciervo Azul.
—¡A la hostería del Ciervo!—exclamó con espanto Montiño—. ¿Qué habéis querido darme á entender con eso?
—¡Yo!