—Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?

—¡Ah!

—Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á Verónica.

—¿Pero estáis loco, Montiño?

—Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.

—Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán—dijo Quevedo.

—¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.

Y el cocinero se levantó.

—Sentáos—dijo Quevedo con voz vibrante—; sentáos y no espantéis la caza: yo os vengaré.

—¿Pero es cierto?—dijo con angustia Montiño, que se sentó.