—Pues habéis mentido como un bellaco—exclamó Quevedo—; y ya que no tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de volver á pronunciar esa calumnia.
—¡Ah, don Francisco!—exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo, bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.
—De seguro la abadesa os ha dado una carta.
—Es verdad.
—Una carta para el duque de Lerma.
—Es verdad.
—Dadme esa carta.
—Pero tengo que llevarla á su excelencia.
—Dadme esa carta.
Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á Quevedo.