Quevedo rompió la nema.
—¿Pero qué hacéis?—dijo Montiño.
—Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.
Y la leyó.
—Ya lo sabía yo—dijo.
Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.
Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.
Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie, calzado con un chapín dorado.
—Confúndame Dios—dijo Quevedo—si yo no conozco á esa. Detengámonos, que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.
Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se asió á su brazo.