—No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais, Dorotea!

—¿Qué, ahora lo estoy menos?—dijo con acento singular la comedianta.

—No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más mujer.

—Entrémonos aquí—dijo la Dorotea—; empieza á llover.

Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y negro.

—Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.

—¿Y qué se me da?

—¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de Santiago. Nos echamos á rodar.

—Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.

—Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede entrar en este aposento?—añadió Quevedo, parándose en el fondo de la taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.