—Sea el que quiera.

El hombre salió.

—No os conozco, Dorotea—dijo Quevedo.

—Tampoco yo me conozco á mí misma.

—Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.

—No importa.

—Que tenéis que ser esta tarde estrella.

—Me nublo.

—El autor de la compañía os obligará.

—No puede.