—Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.
—Si me encuentra.
—¡Ah! ¡os perdéis!
—Me he perdido ya.
—¡Mirad no perdáis á alguien!
—Una vez perdida yo, que se pierda el universo.
—Traigo un azumbre—dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme jarro vidriado y dos vasos.
—¡Fuego de Dios!—exclamó Quevedo.
—Idos—dijo con impaciencia Dorotea.
El tabernero se encaminó á la puerta.