—Volved lo de afuera adentro—dijo Quevedo.

El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera y la puso por el lado de adentro.

Quevedo se levantó y echó la llave.

Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada desde afuera, y miró si había alguna rendija.

La puerta era nueva y encajaba bien.

—Henos aquí metidos en un paréntesis—dijo don Francisco.

—Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.

—Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.

Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.

Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño relicario cubierto de brillantes.