—Deslumbráis, Dorotea—dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y poniéndole sobre su ferreruelo en la llave—. Se me os vais subiendo á la cabeza.
—Sentáos y ponedme vino.
—No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal un negocio se emborrachan.
—Ponedme vino.
—Beberéis vos sola.
—¡Queréis tener sobre mí ventaja!
—Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.
—Decís bien... pero yo necesito hacer algo.
—¿Y os embriagáis?
—Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me quita otra.