Y levantó el vaso.
Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.
Luego tomó el jarro y lo arrojó:
—Soy vuestra madre—dijo—; dejémonos de locuras, y ya que os tengo aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente, hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?
—¿Quién sabe lo que vos sois?
—Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.
—¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!
—No vengo por mi gusto.
—Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?
—Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.