—¡Malhayan los tales secretos!
—¿Por qué decís eso?
—Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.
—Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis que os sacrifico?
—No es dios, es diosa.
—¿Diosa?
—Sí, la diosa ambición.
—Conócese que tratáis con el duque de Lerma.
—Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois secretario del duque de Osuna.
—Confiésome torpe; no os entiendo.