—Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia me abra las puertas de un convento.

—¿Magdalena os tenemos?

—Si me dais medios de que lo sea, os perdono.

—Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en qué os he ofendido yo?

—¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!

Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un movimiento sublime.

Su mirada resplandecía.

Quevedo la miraba con asombro.

—No, no soy desgraciada—dijo la Dorotea—, sino muy feliz, felicísima. Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi agradecimiento.

—¡Qué lástima!—dijo Quevedo.