—¿Y de qué?

—¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?

—¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de ojo?

—Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta mañana.

—Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis visto esta mañana y cómo me véis ahora.

—Son las doce—dijo Quevedo—; á las dos empieza la comedia y necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?

—Sí; ¿pero eso qué importa?

—Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho, porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.

—Creo que empezáis á engañarme.

—Suponed que no me llamo Quevedo.