—Eso no es posible.
—Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca y que deseo curarla.
—Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas situaciones en que os he visto.
—Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó hijo de palacio, como mejor queráis.
—Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?
—Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.
—¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!
—Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?
—No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre; á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.
—¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó; pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.