—Os suplico, bella duquesa—la dijo asiéndola una mano y besándosela, como hubiera podido hacerlo un caballero particular—que seáis mi amiga.
—¿Vuestra majestad desea ver á la reina?—dijo toda azorada doña Juana.
—Deseo más.
—¿Y qué más desea vuestra majestad?
—Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.
—Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.
—Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid á mi esposa... á la reina... que yo...
—Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad.
El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando:
—Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será?