Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el rey se calló.
Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.
—¿Qué tenéis, duquesa?—dijo el rey, que no pudo menos de notar la turbación de la camarera mayor.
—Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero obedecerle.
—¡Cómo!
—Me es imposible anunciar á vuestra majestad.
—¡Imposible!
—Sí; sí, señor, imposible de todo punto.
—Pero y ¿por qué?...
—Porque... porque su majestad no está sola.