—¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!

—El amor se venga.

—Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy buenas.

—Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.

—¡Oh! no lo creo—dijo Dorotea con una anhelante candidez.

—¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... esa diosa, no viva más que para mí.

—Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento... vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el duque de Lerma, odioso Calderón.

—Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca del ánimo de Lerma.

—¡Cómo!

—¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha alcanzado gracia á vuestros ojos.