—A vos me entrego.
—¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él acompañada á la comedia.
—¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y mostrarme serena y reir!
—Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?
—Sí.
—¡Ah de casa!—dijo Quevedo abriendo la puerta.
Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.
—Cobrad y guardáos lo que os sobre—dijo.
Y salió con Dorotea.
—Ahora—añadió cuando estuvieron en la calle—idos sola. Todo el mundo me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos. Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.