—¿Y hasta cuándo?
—Yo pareceré.
—Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.
Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.
Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera, pisando lodos.
Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un vago temor.
Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.
Su irresolución duró un momento.
Llamó, la abrieron y entró.
—¡Señora!—la dijo Casilda—; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!