—¿Qué?

—Aquel caballero que almorzó con vos...

—¿Qué ha sucedido á ese caballero...—dijo con cuidado Dorotea.

—¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...

—Y bien...

—Me pidió sangría...

—¿Y qué?

—Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en vuestro sillón.

—¿Y qué hay de malo en eso?...

—Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.