—¿Que no estaba?
—No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.
—¡Ah! ¡Dios mío!—dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la sala, y llegando á la alcoba—; ¡conoce que le amo... y se apodera de mí!
Montiño dormía á pierna suelta.
Dorotea levantaba el pabellón del lecho.
—¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido! ¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!—dijo oyendo á lo lejos un reloj.
Dejó caer la cortina y salió á la sala.
—Vísteme—dijo á Casilda—: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.
—¿Y le dejáis así?—dijo Casilda señalando á la alcoba.
—Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.