—Pero señora...
—Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío—dijo Dorotea.
La negra se calló y vistió á su señora.
Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos de anillos y derramó sobre sí agua de olor.
—Vete, y que Pedro ponga la litera—dijo cuando estuvo vestida.
Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la cortina.
—Siento despertarle—dijo—; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud insoportable!
Estuvo un momento contemplando al joven.
Al fin se resolvió.
—¡Caballero!—dijo dulcemente—¡caballero!