Montiño abrió los ojos.

—¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!—dijo después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño.

—¿Y no se os ocurre disculparos?

—¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de lástima!... no os enojéis, pues.

—¿Estáis muy cansado?

—¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me dije—: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy corriente.

—¿Y os vais?

—Sí, pero contando con que vos...

—¿Qué?...

—¿Me volveréis á recibir?