—¿Pero no estáis ya recibido?—dijo la Dorotea.

—¡Cómo, señora!

—Sí; ¿no estáis en vuestra casa?

—¡En mi casa!

—Vais á juzgar. ¡Casilda!

Apareció la negra.

—¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero?

—Que era vuestro...

—Dí lo que yo te dije.

—Que era vuestro amo y el mío.