—Vete.

—¡Ah, señora!—dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el acento de Dorotea.

—Yo no os conozco—dijo la joven—, pero me siento unida á vos por un poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería; no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi amor?

—¡Vuestro amor!—exclamó asustado Montiño.

—¡Qué! ¿le desprecias?

—¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria.

Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño.

—¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!—exclamó después de algún tiempo—. ¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero es preciso! ¡vamos, acompáñame!

—¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan resplandeciente, reina de mi vida?

—¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.