—¡Pues señor!—exclamó—¡no puedo! ¡yo me acostumbraré!

—Yo no me voy sino hecha pedazos—dijo Luisa.

—Ni yo saldré si no me llevan atada—exclamó Inés.

—Bien, bien—dijo el cocinero mayor rindiéndose á discreción—; mi sobrino no vendrá aquí, le buscaré una posada... esto me costará el dinero...

—Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento—dijo Inés.

—Dinero te hubiera costado, Francisco mío, el enviarme á Asturias y el mantenerme allí—dijo Luisa.

A estas palabras, dictadas por una lógica rigurosa, no había nada que contestar.

Además, las dos jóvenes lloraban que era un desconsuelo.

Sucedióle á Montiño lo que á muchos que se creen invencibles antes del combate: huyó á la vista del enemigo.

Y huyó, literalmente hablando.