—¡Buscándote!

—¡Eso es mentira!

—¡La querida del duque de Lerma!

Montiño puso asustado su mano sobre la boca de su mujer.

—Yo me he callado—dijo Luisa...—y tú te alborotas, yo tengo evidencias y sufro... y me resigno... ¡Qué desgraciada soy!

—Yo no quiero ir á un convento, padre—exclamó Inesita entrándose de repente y colgándose al cuello de Montiño.

—Yo me moriré si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y señor...

—Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre.

Y las dos jóvenes lloraban desconsoladas, y se comían á besos al pobre hombre.

A Montiño se le partía el corazón.