Pero aquella puñalada debía costarle dinero.
Además, podía envolverle en un proceso.
Montiño desechó aquella idea, dos veces peligrosa.
Ocurriósele valerse de su sobrino.
Valiente, audaz, generoso, no vacilaría ni un punto en ponerse delante del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla.
—¿Pero cómo decir á su sobrino que su tía?...
Montiño desechó este pensamiento como había desechado el anterior.
Pero se puso en busca de otro medio de vengarse.
Quevedo se presentó á su imaginación; Quevedo, capaz de plantar una estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Calderón no muy amigo, según las palabras que el mismo Montiño recordaba haberle oído en la hostería del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de Guzmán.
Pero al acordarse de Quevedo, se acordó del duque de Lerma; al acordarse del duque de Lerma, recordó que para él le había dado una carta la abadesa de las Descalzas Reales, y que se la había dado de una manera urgente.