Entonces hizo un paréntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando:
—Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir á quien vengarnos puede. Vamos á llevar esta carta á su excelencia.
Y la buscó en el bolsillo interior de su ropilla.
Sólo encontró dos estuches.
Aquellos dos estuches le recordaron que debía entregar á su sobrino, de parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al duque, debía entregar una gargantilla á la dama con quien pretendía entretener al príncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se entretenía particularmente con don Juan de Guzmán.
El amante de su mujer se le ponía otra vez delante.
—¡Dios mío!—exclamó el desdichado—¡me van á matar! ¡Pero señor! ¡la carta que me dió la abadesa de las Descalzas Reales! ¿qué he hecho yo de esa carta?... ¡tengo la cabeza hecha una grillera! ¡todo me anda alrededor! ¡todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! ¡pero esta carta!... ¡esta carta!
Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregüescos, hasta la gorra.
Y la carta no parecía.
Empezó á sentir ese escalofrío, ese entorpecimiento que acompaña al pánico.