Entró una de las doncellas de la servidumbre.

—No, vos no—dijo alentando apenas la duquesa—; decid á la señora condesa de Lemos que entre.

Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.

A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa.

—¿Qué es esto, señora?—la dijo—; estáis pálida, mortal, tembláis... ¿qué os ha sucedido?

—Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y... hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os vayáis... no... será una manía—añadió sonriendo penosamente—, pero no quiero estar sola.

La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí mientras llegaba á la puerta de la cámara:

—¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende de esta pesadilla!

Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor:

—¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad.