Y avivaba los tizones de la chimenea.
—Pero más cruda mi fortuna—dijo Montiño.
—¿Pues qué desgracia os ha sucedido?—dijo el confesor del rey, dejando de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito á Montiño.
—¡Oh! ¡si sólo fuese una desgracia!
—¡Qué! ¿es más que una desgracia?
—Sí; sí, señor, porque son muchas desgracias.
—¡Válgame Dios!—dijo el padre Aliaga—; la vida es una prueba...
—Sí; sí, señor, una prueba muy amarga.
—Pedid fuerzas á Dios, y Dios os las dará.
—¡Dios me castiga!—exclamó Montiño en una tremenda salida de tono, chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo á llorar.