—¡Vamos!—dijo el padre Aliaga—; confiad en que Dios es infinitamente misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonará mañana.
—Soy muy pecador... y lo que á mí me sucede...
—Me parecéis muy desesperado...
—¡Sí; sí, señor! ¡terriblemente desesperado!
Montiño se calló esperando á que el padre Aliaga le preguntase, pero el padre Aliaga se redujo á dejarle oír una de esas frases generales de consuelo, que toda persona buena dirige á un semejante suyo á quien ve atribulado.
Después el padre Aliaga se calló también.
Hubo algunos momentos de silencio.
—¡Perdonadme, señor!—dijo tartamudeando Montiño.
—¿Y de qué os he de perdonar?—contestó con dulzura el padre Aliaga.
—Vos, señor, sois un gran personaje.