—Les hurté veinticinco ducados y una mula, que vendí en llegando á Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viví ocioso algún tiempo. Cuando se me acabó el dinero, cuando sentí el hambre, quise buscarme la vida, y logré entrar de galopín en la cocina de la señora infanta doña Juana. Allí me apliqué al oficio...

—En el que habéis adelantado. Sois un cocinero famoso... según dicen.

—Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os haré una merienda que os convencerá de que sé cumplir con mi obligación.

—Gracias, seguid; hablábamos de vuestros pecados por el desordenado amor que tenéis al dinero.

—Padre fray Luis, yo creía que con el dinero se conseguía todo.

—Sí, en la tierra; pero no en el cielo.

—Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede librarse de que se la pegue su mujer... y á mí me han engañado dos. Soy muy desgraciado.

—Acaso seáis, más que desgraciado, mal pensador.

—¡Tan buena la una como la otra!

—Ya llegaremos á eso, ya llegaremos. Estamos en que entrásteis de galopín en la cocina de la infanta doña Juana.