—En efecto, he pecado mucho.

—¿Y os habéis hecho rico...?

Vaciló Montiño entre su codicia, que le impulsaba á ocultar su riqueza, y su temor á un terrible castigo de Dios, que creía ya empezado en las desgracias que una tras otra se le habían venido encima y seguían viniéndosele desde la noche anterior.

Al fin triunfó el miedo.

—Sí; sí, señor—dijo—soy... muy rico.

—¿Qué medios habéis empleado para adquirir esa riqueza?

Púsose notablemente encarnado Francisco Montiño y guardó silencio.

—¿A qué queréis, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente á una confesión general?—dijo con dulzura el padre Aliaga.

—A los quince años me huí de la casa de mis padres, robándolos.

—¿Considerablemente?