—Mucha gente...

—Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra venganza.

—¡Ay, Dios mío! sí, señora.

—Y ¿quién os ha ofendido?

—Primero el conde de Lemos.

—¡Vuestro esposo!

—Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

—¿Pero y en qué?

—En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

—¡Ah, ah!