—¿Y después debo deciros lo que me haya dicho esa dama?
—Sí.
—Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer.
—¿Cuál?
—Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la abadesa de las Descalzas Reales... porque... ¡como don Francisco de Quevedo me ha quitado esa carta!
—No se la llevéis.
—Es que todo está entonces echado á perder... porque... de seguro... al no recibir contestación de su excelencia la madre abadesa... le escribirá de nuevo... se descubrirá... ó se creerá descubrir que yo he hecho mal uso de su carta... desconfiará de mí el duque...
—Esperad—dijo el padre Aliaga.
Y se fué á la mesa, se sentó y escribió lentamente una carta que cerró y selló, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una especie de lacre verde.
—Tomad—dijo—: llevad esta carta á la madre Misericordia y os dará otra, que llevaréis al duque de Lerma.