—Procuradlo... y no dejéis de avisarme... de lo más mínimo que descubráis acerca de esos amores.

—¡Oh, Dios mio!

—¡Quién pudiera creerlo!... ¡quién pudiera siquiera sospecharlo!... ¡la reina!...

—Es en verdad muy extraño... pero ello en fin... y yo he podido equivocarme.

—¡Oh! ¡si os hubiérais equivocado!

Montiño no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamación del padre Aliaga: si era una amenaza para él, ó un deseo íntimo del fraile.

—¿Conque decís—dijo al fin—que yo debo seguir en mi oficio de espía y de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma?

—Sí.

—¿Debo, pues, llevar este collar á doña Ana de Acuña?

—Indudablemente.