Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procuró recordar el contenido de la carta de la reina.

Y le recordó, pero de una manera truncada, á trozos.

—¡Oh!—dijo—; la reina me decía que importaba mucho que ese joven estuviese en palacio... en la guardia española... me mandaba comprarle una provisión de capitán... y me hablaba con calor de él...

El alma del padre Aliaga se ennegreció más.

—¡Oh!—exclamó—; ¡la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve al amor... ¡si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vió ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... aún hay tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energía podrá evitarse... pero si todo esto no fuese más que una locura de Montiño... una exageración de mi recelo...

El padre Aliaga detuvo su paseo y miró á las vidrieras.

—Ya obscurece—dijo—y el bufón no ha venido... ¡el tío Manolillo! acaso el tío Manolillo pudiera darme alguna luz.

—¿Se puede hablar con vuestra señoría?—dijo á la puerta el bufón, como si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga.

—Entrad, entrad—dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga—; ¡cuánto habéis tardado!

—Decid más bien, que habéis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no conviene que las oiga nadie.