—Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido.
—Y decidme, ¿hay por aquí algún lugar donde yo me obscurezca, de modo que no me vea el que traiga la luz?
—¿Y qué os importa que os vean ó no?
—Tanto me importa, como que esperando á que concluyéseis vuestra larga audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo mirando los cuadros uno detrás de otro, y volviéndolos á mirar esperando á que saliese el bueno de Montiño, y luego me he paseado otro gran rato en el claustro alto, á fin de encontrar un momento en que nadie me viese para colarme en vuestra celda.
—No comprendo la razón de este recelo; pero puesto que no queréis ser visto, escondéos aquí, en mi alcoba.
Escondióse el bufón, y el padre Aliaga pidió luz.
Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta.
Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la llave, su capotillo.
—¿A qué es eso?—dijo el padre Aliaga.
—A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan reconocerme por la voz.