—Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.
—¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á su cabeza?
—¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía!
—¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma?
—Tío Manolillo—dijo con reserva el padre Aliaga—, nada tengo que temer; sirvo á Dios y al rey...
—Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres.
—Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del reino de Sicilia.
—Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general.
—No sé por qué se han empeñado en engrandecerme.
—Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan.